sábado, 23 de noviembre de 2019

La sonrisa


A Arantza.

Hace algún tiempo impartí clases de dibujo en una Escuela de Diseño Industrial. La asignatura, llamada Expresión Artística, tenía como objetivo dotar a los alumnos de la capacidad suficiente para dibujar a mano alzada —lo que se conoce comúnmente como bocetar—, entendiendo esta capacidad como básica y necesaria para su futura actividad profesional. Una de mis prioridades era que, más allá de los contenidos y competencias generales, cada estudiante lograse desarrollar su estilo propio y buscaran en los mentores la inspiración más que la imitación.

Al terminar cada curso hacíamos una salida a un museo de arte contemporáneo próximo para conocer de primera mano, y fuera de las aulas, propuestas relacionadas con el diseño, la pintura o el dibujo. Con esa intención visitamos la exposición «Puntos de pintura» en el Centro Torrente Ballester de Ferrol, una muestra de jóvenes artistas que presentaban obras recientes conectadas por el empleo del pequeño formato. Además, pudimos contar con la presencia de una de las participantes, que se ofreció amablemente a atender todas las consultas y comentarios de los asistentes.

Al terminar la visita le pedí si me permitía hacerle una foto junto a una de sus obras para la memoria anual de actividades académicas. Mientras se la tomaba me dijo: «Tengo que sonreir más, siempre me dicen que no sonrío en las fotos». Desde entonces hemos coincidido en ocasiones y hemos hablado de libros, arte y arquitectura, de retos y dificultades profesionales, y he seguido atentamente su trayectoria. Junto a los referentes mayores, siempre me ha parecido interesante aprender de aquellos de mi misma edad, y también más jóvenes, que son capaces de enseñar y cautivar con su trabajo.

Recientemente, y con motivo de su primera exposición individual en Reino Unido, le hicieron una entrevista para La Voz de Galicia en la que habló de su experiencia y de sus logros internacionales. Me alegré mucho de que todo el esfuerzo previo había tenido su recompensa y de que la fotografía que acompañaba la publicación, donde posaba delante de uno de sus lienzos, era la viva definición del empoderamiento de la artista y de la madurez sosegada, dónde aún permanece latente la ilusión y el deseo de seguir progresando. Pero, sobre todo, hubo algo que me regocijó al ver aquella imagen: en sus labios brillaba una sincera y espléndida sonrisa.
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