sábado, 9 de mayo de 2020

Lejos de las librerías


Resulta extraño el transcurrir de las semanas lejos de las librerías. Detenerse ante sus escaparates y recorrer curioso su interior descubriendo las novedades y aquellos títulos ya conocidos que permanecen en exposición, demandando otra oportunidad. Perderse sin rumbo entre secciones, portadas y conversaciones y volver a casa más dichoso, acompañado del deseo de regresar pronto.

En 2013, el 41.º Premio Anagrama de Ensayo, se concedió a Librerías, de Jorge Carrión. Ese mismo año, la revista El País Semanal publicó un reportaje sobre las mejores librerías del mundo que se abría con su «Elogio a las librerías con historia». En él podía leerse: «Las buenas librerías son preguntas sin respuesta. Son lugares que te provocan intelectualmente, que cifran enigmas, que te sorprenden y te plantean retos, que te hipnotizan con esa melodía —o cacofonía— que crean la luz y sus sombras, los anaqueles, las escaleras, las portadas, la puerta al abrirse, un paraguas que se cierra, movimientos de cabeza que dicen hola o adiós, la gente en movimiento». Pocos autores han sabido reflejar como él la importancia y el interés de estos lugares. En su libro más reciente, Contra Amazon, sigue demostrando ese amor por las librerías —junto a las bibliotecas—, como escenarios fundamentales de nuestra educación sentimental.

Como él, me he descubierto a mí mismo persiguiendo librerías en mis viajes y situándolas a la altura de los grandes monumentos. Cada nueva ciudad suponía también revelar esos lugares, indagando primero a través de las recomendaciones de otros visitantes, buscando el consejo y la sabiduría de los que comparten esa fascinación, trazando la lista —posiblemente interminable— de mis librerías favoritas, muchas de ellas incluidas por el significado meramente personal más allá de su catálogo, belleza o categoría. Así, me resulta imposible recordar Roma sin la grandeza del local de IBS en la Vía Nazionale, —auténtico palacio de los libros—, o la Strand de Nueva York, igualmente impresionante aunque sin la monumental presencia barroca del caso italiano.

Son grandes locales que permanecen en la memoria, con usos diversos más allá de la compra de libros, como las distintas sedes de La Central en Barcelona y Madrid, junto a pequeños recintos inesperados como aquella librería en Londres próxima a Leicester Square que sirvió de agradable refugio en una lluviosa tarde de primavera y que, por mucho que lo he intentado, no he vuelto a localizar. Mis librerías tejen esa historia vital de momentos y anécdotas. En una villa al sur de Portugal, preguntaba por alguna cercana y me dijeron que, si apreciaba las librerías, tenía que visitar Centésima Página, en Braga, al norte del país. No tardé en hacerlo, descubriendo otro lugar mágico donde la ciudad y los libros se funden de una manera magistral. Lo mismo sucede en la acogedora librería Arquivo, en Leiria y, cuando vuelvo a Oporto, evito la escenografía masificada de Lello e Irmão —que prefiero en el recuerdo de hace décadas— y me retiro al ambiente íntimo de Circo de Ideias. Hace un año, visité por primera vez Las Palmas de Gran Canaria y allí me recomendaron la librería Canaima, permaneciendo como una de las mejores experiencias de aquel viaje.

Son recuerdos cercanos que durante estos días extraños se antojan tan lejanos. La última tarde antes de encerrarnos en casa, estuve en una librería, ignorando la distancia que nos separaría del próximo encuentro. Ahora espero regresar pronto, tanto a las más próximas como a aquellas que todavía no conozco.





domingo, 12 de abril de 2020

Fuera del aula


El pasado 12 de marzo se terminaron las clases presenciales de este curso. Hoy, un mes después, permanecemos en nuestras casas confinados y la docencia se ha trasladado a un sistema no presencial que nos acompañará hasta la finalización del curso. 

En los últimos años participé en varios trabajos de investigación sobre el aula como espacio de aprendizaje. En ellos, analizábamos las múltiples relaciones entre las metodologías docentes y las estancias donde tenían lugar, reflexionando de manera colectiva sobre las distintas salas que usamos cotidianamente para dar clase y que ahora, de la noche a la mañana, hemos dejado de utilizar, de pensar y de sentir.

También reconocíamos el valor excepcional de lo que sucedía fuera del aula, de la capacidad de descubrir y despertar al aprendizaje al movernos al exterior, de los viajes inesperados y de las visitas guiadas, que tanto valoramos en nuestra formación y que, lamentablemente, este curso no llegamos a realizar.

Lo imprevisto se ha vuelto ahora nuestra obligada realidad cotidiana. Fuera del aula y dentro de casa he vuelto a pensar en la importancia de estar entre paredes: para aprender y para protegernos. Pero no es posible leer esas dos situaciones en continuidad inmediata. Varias personas ya lo han advertido estos días: no podemos actuar como si lo extraordinario fuera lo habitual, sin abrir ventanas hacia la dramática realidad inmediata, como si solamente vernos —a veces tan solo escucharnos o leernos— a través de un dispositivo electrónico pudiera reemplazar a la grandeza y utilidad de una clase en todas sus dimensiones y relaciones: formales, sociales y académicas.

Curiosamente, una de las últimas personas que pude conocer en una clase presencial antes del confinamiento fue al profesor Fernando Trujillo, de la Universidad de Granada. Entre las abundantes notas que tomé durante su seminario, me encontré con una remarcada: «Si la universidad no toma el control de su futuro, otros lo harán por ella». Lo insólito e imprevisto de la situación actual me ha llevado de nuevo a buscar esa sentencia, al recordar la inevitable «naturalidad» con la que hemos pasado a la teleformación universitaria.

Estos días he seguido leyendo atentamente las oportunas y precisas reflexiones de Fernando. Junto a ellas, ha habido otras voces que valoraron la implicación y el esfuerzo de docentes y alumnado, y nos recordaron las dificultades y las indeterminaciones que juntos intentaremos vencer. «Separados, pero no solos», como recordaba el New York Times el pasado 26 de marzo, en este nuevo modo de aprender fuera del aula.

Fotografía: Daniel Chekalov 

sábado, 23 de noviembre de 2019

La sonrisa


A Arantza.

Hace algún tiempo impartí clases de dibujo en una Escuela de Diseño Industrial. La asignatura, llamada Expresión Artística, tenía como objetivo dotar a los alumnos de la capacidad suficiente para dibujar a mano alzada —lo que se conoce comúnmente como bocetar—, entendiendo esta capacidad como básica y necesaria para su futura actividad profesional. Una de mis prioridades era que, más allá de los contenidos y competencias generales, cada estudiante lograse desarrollar su estilo propio y buscaran en los mentores la inspiración más que la imitación.

Al terminar cada curso hacíamos una salida a un museo de arte contemporáneo próximo para conocer de primera mano, y fuera de las aulas, propuestas relacionadas con el diseño, la pintura o el dibujo. Con esa intención visitamos la exposición «Puntos de pintura» en el Centro Torrente Ballester de Ferrol, una muestra de jóvenes artistas que presentaban obras recientes conectadas por el empleo del pequeño formato. Además, pudimos contar con la presencia de una de las participantes, que se ofreció amablemente a atender todas las consultas y comentarios de los asistentes.

Al terminar la visita le pedí si me permitía hacerle una foto junto a una de sus obras para la memoria anual de actividades académicas. Mientras se la tomaba me dijo: «Tengo que sonreir más, siempre me dicen que no sonrío en las fotos». Desde entonces hemos coincidido en ocasiones y hemos hablado de libros, arte y arquitectura, de retos y dificultades profesionales, y he seguido atentamente su trayectoria. Junto a los referentes mayores, siempre me ha parecido interesante aprender de aquellos de mi misma edad, y también más jóvenes, que son capaces de enseñar y cautivar con su trabajo.

Recientemente, y con motivo de su primera exposición individual en Reino Unido, le hicieron una entrevista para La Voz de Galicia en la que habló de su experiencia y de sus logros internacionales. Me alegré mucho de que todo el esfuerzo previo había tenido su recompensa y de que la fotografía que acompañaba la publicación, donde posaba delante de uno de sus lienzos, era la viva definición del empoderamiento de la artista y de la madurez sosegada, dónde aún permanece latente la ilusión y el deseo de seguir progresando. Pero, sobre todo, hubo algo que me regocijó al ver aquella imagen: en sus labios brillaba una sincera y espléndida sonrisa.

Fotografía: Chris Saunders

domingo, 8 de septiembre de 2019

Laboratorio de dudas


Como cada inicio de curso, los días previos al comienzo de las clases se llenan de tareas de organización y preparación de materiales: calendarios, presentaciones, páginas web... mientras que se verifica que todas las herramientas están actualizadas y listas para su funcionamiento. Resulta difícil encontrar un momento para descubrir la chispa inicial que sirva para encender las ganas por aprender, por sorprender, por emocionar, cuando quizá eso debería ser lo más importante.

Llevo varios años, —creo que desde mis inicios como profesor universitario—, impartiendo asignaturas de primer curso. Siempre me ha parecido una tarea muy estimulante y enriquecedora acompañar en los primeros pasos de la carrera. El curso inicial está lleno de dudas, y poder convertir esas dudas en un motivo para seguir adelante, en un laboratorio donde poder experimentar y crecer, ha sido una preocupación constante y una exigencia fundamental, aunque esa no esté entre las rutinas mencionadas anteriormente.

Porque cada nuevo curso es un escenario distinto, un lugar donde se dan unas condiciones prefijadas: aulas, horarios, plan de estudios... pero donde la capacidad de transformación, de adaptación y de revisión de todo lo realizado previamente debe estar al orden del día. Y mucho más en el primer contacto que se produce con los estudios, que probablemente nos esté sirviendo también como primer contacto con la vida profesional posterior en la que nos vamos adentrando.

Precisamente, en una de las lecturas casuales de estos días, me encontré con que Juan Gómez-Jurado hablaba del disfrute de la ignorancia. Y, aunque pueda parecer lo más lejano a un método pedagógico defender la ignorancia al adentrarse en una dinámica académica, pienso que ese disfrute debería servir de norma esencial en el laboratorio en el que vamos a trabajar todos juntos. Y suscribo las palabras con las que Gómez-Jurado termina el artículo:

«Yo he encontrado dentro de mí una hermosa revelación. La alegría de la ignorancia. Cuanto más ignorante me descubro en muchos temas -incluso en aquellos, pocos, en los que soy un experto-, más feliz, más liberado me siento. Cuando descubres que no tienes que tener una opinión inmediata y categórica sobre todo, y mucho menos la obligación de expresarla, la vida se convierte en un maravilloso disfrute, que espero que empiecen a compartir pronto muchos compañeros y compañeras.»
Fotografía: Kelly Sikkema



Sobre emerge realizado en Blogger. Diseño de Sadaf F K.