cuaderno de fragmentos

APUNTES DE ANTONIO S. RÍO VÁZQUEZ

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Restos de papel

8 de abril de 2023

La reforma en la legislación farmacéutica que está preparando la Comisión Europea —escucho en uno de los informativos que emiten por televisión al mediodía— podría implicar la desaparición de los prospectos de los medicamentos y su sustitución por códigos que tendríamos que leer desde nuestros teléfonos. La medida supondría un notable ahorro de papel y la posibilidad de que la información que se le suministre al paciente esté siempre actualizada, pero tendría el inconveniente de los medios y el conocimiento necesario para poder acceder a esa información, especialmente en países con un importante porcentaje de la población envejecida. 

A continuación, entrevistan a varias personas a pie de calle. Algunas —de edades muy diferentes— explican que, normalmente, no leen el prospecto, pues ya saben como deben tomar la medicación, y solo lo hacen en casos de problemas u omisiones con las tomas. Otras dicen que lo que hacen habitualmente es tirarlo, por lo que su desaparición no conllevaría una gran pérdida. Finalmente, un joven argumenta que ya dispone de esa información en internet, y allí acudiría en caso de necesidad. Añade algo más que, por lo sorprendente que me parece, me queda grabado: dice que nunca ha impreso un billete en su vida.

Billetes de tren, tarjetas de embarque, entradas a espectáculos... pienso en todos esos trozos de papel que, antes de los prospectos, han ido desapareciendo de nuestras manos, sustituidos por distintos códigos que nosotros ya no leemos. Recuerdo entonces la cita con la que comienza el libro La información. Historia y realidad, de James Gleick, tomada de la novela Dientes blancos de Zadie Smith: «En cualquier caso, aquellos billetes, los viejos, no te decían hacia dónde te dirigías, y mucho menos desde dónde venías. Tampoco recordaba haber visto en ellos fecha alguna, y, por supuesto no se indicaba ninguna hora. Ni que decir tiene que ahora todo es distinto. Toda esta información. Y Archie se preguntaba por qué esto es así». 

Gleick añade una segunda cita bajo la anterior: «Lo que llamamos pasado está construido por retazos», de John Archibald Wheeler, más sugerente en su idioma original: «What we call the past is built on bits», pues, cada vez, nuestra historia se construye con menos restos de papel y más dígitos binarios. Tanto lo que escribo en estas notas como lo que explica lo que compramos en la farmacia.

Imagen: Evelyn Liow
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Biblioteca Joanina

7 de junio de 2022


Para alcanzar la Biblioteca Joanina hay que ascender hasta lo más alto de la ciudad. Allí, en el lugar de poder disputado en el medievo por la nobleza y el clero, se quiso asentar también «la sede que Augusta Coimbra ha dado a los libros, para que la biblioteca la corone». Recordándonos el esfuerzo que supone alcanzar el conocimiento, calles estrechas y escaleras eternas conducen a su encuentro en la Alta Universitária, como reservando su acceso, al igual que sucedía con la biblioteca de El nombre de la rosa. Pero aquí no son solo monjes privilegiados los que revisan los libros, si no un flujo permanente de turistas en un espacio que ahora forma parte de la Biblioteca Geral da Universidade de Coímbra.

La biblioteca es un gran cofre, un volumen prismático de pesados muros, situado perpendicular a la capilla inmediata y asentado en la ladera, en un extremo del patio de la Facultad de Derecho. En la visita se llega desde abajo, en un nuevo ascenso, ya interior. Resulta curioso —y significativo— que la prisión académica se situara bajo la biblioteca, justo donde comenzamos nuestro recorrido, para atravesar después la planta intermedia, destinada a depósito de libros. Estudiantes y libros encarcelados, aguardando obtener su lugar en la Universidad.

Desde un pequeño paso lateral alcanzamos la planta noble: el gran espacio dividido en tres salas repletas de libros, y presididas por figuras femeninas alegóricas que nos observan desde el cielo: la Bibliotecae Imago —la sabiduría encarnada en la propia biblioteca—, la Universidad —la búsqueda del conocimiento— y la Enciclopedia —la reunión de las distintas disciplinas de la ciencia y la cultura—. En ellas se expresa la idea de la biblioteca como el templo del saber, como fundamento para llegar a nuevos horizontes de conocimiento gracias al cobijo de la institución universitaria.


Siempre que me encuentro en una biblioteca monumental como esta tengo una doble sensación: primero uno se vuelve pequeño, abrumado e impresionado por la grandiosidad de la arquitectura y por el número de volúmenes almacenados. Después, me fijo en cómo todos ellos están accesibles, dispuestos para ser consultados, y pienso que esa doble cualidad es la razón de ser de una biblioteca: contener un universo en sí misma, y ofrecérselo a quien desee explorarlo.

La visita terminó devolviéndonos al exterior por la puerta principal. Acceder por la que hubiera sido la entrada lógica, reservada solo a personalidades y eventos especiales, nos hubiese privado de la secuencia espacial que permite entender la biblioteca en conjunto. Además la inscripción de la puerta nos da una última advertencia sobre su poderosa misión: «Lusiadae, hanc vobis Sapientia condidit arcem: ductores libri; miles et arma labor». Algo así como «Lusos, la Sabiduría os ha dado esta fortaleza; por capitanes [tenéis] los libros, por soldados y armas el trabajo».

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El requisito del prólogo

22 de mayo de 2022

Ordenando los libros de la biblioteca heredada, localizo varias primeras ediciones de Emilia Pardo Bazán. Al revisar el estado de Pascual López: autobiografía de un estudiante de medicina, publicado en 1879, me detuve a leer las primeras páginas donde figura el prólogo que, en esa edición original, escribió la propia autora.

En el texto establece una definición de prólogo, «de ordinario, una disertación acerca de la índole y género de la obra que encabeza; disertación que así puede condensarse en escasas páginas como crecer, a favor de lo elástico del asunto», para proceder después a una amplia reflexión sobre su conveniencia: «No encuentro yo ciertamente reparo grave que poner a esta usanza del prólogo, excepto que suena a literario reclamo lo de realzar con el barniz de un apellido brillante otro ignorado y modesto». De ese modo, la inclusión de un prólogo se vuelve un complemento pretencioso, como «quien decora con fachada opulenta pobre choza».

Además de la idoneidad del prólogo, las páginas iniciales me atrayeron por otra cuestión, referida a la belleza, algo que Pardo Bazán introduce aludiendo a donde transcurre la obra: «son bellos para el pensador los lugares que hablan con sus monumentos elocuentísimos, con sus soberbias carcomidas piedras, con la silenciosa majestad de su abandono», pero que también le sirve para exponer lo que me parece más relevante: plantear una definición de la belleza como aquello que es capaz de enseñarnos algo: «Más el punto estriba cabalmente en que sea bella la obra. ¿Lo es mi novela? No estoy autorizada para decirlo: mi voto es recusable. De encerrar Pascual López, en su género, alguna verdadera belleza, contendría también alguna enseñanza».

Es bello lo que es capaz de enseñarnos algo. He pensado en su aplicación a distintas obras y disciplinas, y creo que resulta de gran validez, por lo menos como reflexión sobre el concepto de belleza, siempre tan difícil de concretar. En ese sentido, el prólogo de Pascual López me ha parecido bello, pues de él he aprendido algo nuevo, y me ha animado a leer el resto del libro, a pesar de la escasa confianza que depositaba la autora en su inicio: «Terminaré declarando con sinceridad que, a pesar del amor que inspiran los hijos del entendimiento, no me sorprenderá que esta obra se sumerja en el golfo del olvido, donde anualmente caen tantos libros, quizás más sazonados, gustosos y amenos».

Imagen: La lectora, pintura de autoría desconocida conservada en la Casa-Museo Emilia Pardo Bazán


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Lejos de las librerías

9 de mayo de 2020

Resulta extraño el transcurrir de las semanas lejos de las librerías. Detenerse ante sus escaparates y recorrer curioso su interior descubriendo las novedades y aquellos títulos ya conocidos que permanecen en exposición, demandando otra oportunidad. Perderse sin rumbo entre secciones, portadas y conversaciones y volver a casa más dichoso, acompañado del deseo de regresar pronto.

En 2013, el 41.º Premio Anagrama de Ensayo, se concedió a Librerías, de Jorge Carrión. Ese mismo año, la revista El País Semanal publicó un reportaje sobre las mejores librerías del mundo que se abría con su «Elogio a las librerías con historia». En él podía leerse: «Las buenas librerías son preguntas sin respuesta. Son lugares que te provocan intelectualmente, que cifran enigmas, que te sorprenden y te plantean retos, que te hipnotizan con esa melodía —o cacofonía— que crean la luz y sus sombras, los anaqueles, las escaleras, las portadas, la puerta al abrirse, un paraguas que se cierra, movimientos de cabeza que dicen hola o adiós, la gente en movimiento». Pocos autores han sabido reflejar como él la importancia y el interés de estos lugares. En su libro más reciente, Contra Amazon, sigue demostrando ese amor por las librerías —junto a las bibliotecas—, como escenarios fundamentales de nuestra educación sentimental.

Como él, me he descubierto a mí mismo persiguiendo librerías en mis viajes y situándolas a la altura de los grandes monumentos. Cada nueva ciudad suponía también revelar esos lugares, indagando primero a través de las recomendaciones de otros visitantes, buscando el consejo y la sabiduría de los que comparten esa fascinación, trazando la lista —posiblemente interminable— de mis librerías favoritas, muchas de ellas incluidas por el significado meramente personal más allá de su catálogo, belleza o categoría. Así, me resulta imposible recordar Roma sin la grandeza del local de IBS en la Vía Nazionale, —auténtico palacio de los libros—, o la Strand de Nueva York, igualmente impresionante aunque sin la monumental presencia barroca del caso italiano.

Son grandes locales que permanecen en la memoria, con usos diversos más allá de la compra de libros, como las distintas sedes de La Central en Barcelona y Madrid, junto a pequeños recintos inesperados como aquella librería en Londres próxima a Leicester Square que sirvió de agradable refugio en una lluviosa tarde de primavera y que, por mucho que lo he intentado, no he vuelto a localizar. Mis librerías tejen esa historia vital de momentos y anécdotas. En una villa al sur de Portugal, preguntaba por alguna cercana y me dijeron que, si apreciaba las librerías, tenía que visitar Centésima Página, en Braga, al norte del país. No tardé en hacerlo, descubriendo otro lugar mágico donde la ciudad y los libros se funden de una manera magistral. Lo mismo sucede en la acogedora librería Arquivo, en Leiria y, cuando vuelvo a Oporto, evito la escenografía masificada de Lello e Irmão —que prefiero en el recuerdo de hace décadas— y me retiro al ambiente íntimo de Circo de Ideias. Hace un año, visité por primera vez Las Palmas de Gran Canaria y allí me recomendaron la librería Canaima, permaneciendo como una de las mejores experiencias de aquel viaje.

Son recuerdos cercanos que durante estos días extraños se antojan tan lejanos. La última tarde antes de encerrarnos en casa, estuve en una librería, ignorando la distancia que nos separaría del próximo encuentro. Ahora espero regresar pronto, tanto a las más próximas como a aquellas que todavía no conozco.





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La sala de escultura

1 de septiembre de 2019

Hace tiempo, en una visita al Museo de Pérgamo, recorriendo la sala de escultura clásica, nos encontramos de repente sin nadie alrededor. En silencio, una luz suave entrando por las ventanas creaba una atmósfera mágica, como un momento congelado en la eternidad que hacía del encuentro con la historia del arte algo irrepetible.

La situación vivida en Berlín contrasta con otra más reciente en la Galería de los Uffici. Interminables colas y una corriente de personas que nos arrastraba de una sala a otra, volviendo prácticamente imposible dedicar unos minutos a ver con tranquilidad no solo las grandes obras de la colección, si no también aquellas que descubres y te conquistan al momento, las que realmente hacen que valga la pena el paseo.

Thomas Struth: Pergamon Museum IV, Berlin

Los museos, sobre todo los grandes museos, han dejado de ser un lugar de reflexión y descubrimiento para convertirse en itinerarios de verificación. Lo describe muy bien Estrella de Diego en su libro Rincones de postales (Cátedra, 2014) cuando habla de los visitantes de museos: «No solo son ahora mucho más abundantes, sino mucho más distraídos, piensan en sus cosas incluso mientras el guía o la autoguía, muy popularizada, va explicando las salas. Da lo mismo lo que tengan delante: nada consigue atraparles genuinamente».

La masificación del turismo posee en esos museos uno de sus puntos críticos, con arquitecturas pensadas para una determinada función y capacidad, que son revisadas y reconvertidas para la creciente demanda. Un proceso que hace anhelar la de las fotografías de Fernando Maquieira en su serie «Nocturna»: un recorrido solitario por salas de todo el mundo durante la noche.

Fernando Maquieira: Nocturna

«Cuando Platón definió el amor como un “penetrar en belleza” debió haber añadido que se trata siempre de una belleza distraída, sorprendida en su ministerio», escribió Javier Gomá Lanzón en un artículo sobre la perversión del turismo masivo, y José Ramón Hernández Correa dedicaba dos entradas recientes en su blog al mismo tema, ejemplificado en el caso de La Gioconda: «Es más importante no decepcionar al público y no ofrecerle algo distinto a lo que está acostumbrado a ver que mostrar la verdad y proteger la obra».

Seguramente hoy ya resulta imposible la visita solitaria a aquella sala de esculturas, igual que lo es a muchos monumentos e incluso a pueblos y ciudades. Nos queda la esperanza de que, aun variando el viaje, permanezca la posibilidad de la sorpresa, del descubrimiento y del recuerdo imborrable.
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Ruinas pasajeras

25 de agosto de 2019

Durante cuatro años, entre 1950 y 1954, Álvaro Cunqueiro publicó en el periódico Faro de Vigo una serie de artículos denominada «El pasajero en Galicia». Se trataba, más que de una guía de viaje, de un recorrido personal por la historia, la tradición y la mitología de la geografía gallega. Partiendo de los lugares reales, Cunqueiro desplegaba todo su conocimiento y erudición para trasladar al lector a geografías muy distantes, incluso imaginarias.

Como él mismo reconocía, en el pasaje dedicado a Ortigueira: «me encuentro con que los años me han hecho dueño, casi sin enterarme, de una memoria confusa y sentimental, en la que, cada día, aumenta en extensión y tinieblas el laberinto en el que me pierdo».

En el volumen publicado por Tusquets en 1989 bajo el mismo título que el escogido por Cunqueiro, César Antonio Molina —autor de la selección y el prólogo y otro de los grandes nombres que han descifrado de manera magistral los lugares que han conocido—, advierte que «en la mayoría de los casos sus reflexiones no pertenecen al presente desde el cual escribe, sino al pasado real o reinventado por él mismo. Cunqueiro, fundamentalmente, nos habla de las ruinas del mundo, en este caso el más cercano a sí mismo».

La atracción por las ruinas es recurrente en varios de los textos, aunque es en el dedicado al monasterio de Sobrado de los Monjes —convertido entonces en una colosal ruina romántica—, donde descubre la lección de las ruinas: «Lección que trasciende de la arqueología al ser y al estar del hombre en la Historia: solo en las ruinas hay respuestas: quizás las ruinas sean en sí mismas la única respuesta. No está muerto, dice Heine, repitiendo lo que dicen en Westfalia, todo lo que está enterrado...».

Lo que el autor mindoniense no podía imaginar al recorrer los claustros devorados por la vegetación es que, poco tiempo después, el monasterio sería completamente reconstruido y la ruina ignorada, quedando como otro momento pasajero en la memoria y en la melancolía, como otro lugar ficticio.
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Triaje

17 de agosto de 2019

«El pecio estaba lleno con un conglomerado flotante de restos congelados que pendían en el interior de la nave destruida como la fotografía instantánea de una explosión. La mínima atracción gravitacional que los trozos de escombros ejercían unos sobre otros los iba conglomerando lentamente en racimos que rompía al pasar el único superviviente todavía con vida en el pecio: Gulliver Foyle, AS-128/127:006»
Alfred Bester: Las estrellas mi destino (1957)


Han pasado tres años desde que escribí el último texto en un blog personal, el 17 de agosto de 2016, tomando el título de los «Cuatro cuartetos» de T. S. Eliot: en mi fin estaba mi principio. Esa posibilidad ha quedado latente durante todo este tiempo, perdida entre fragmentos demandados por la urgencia de un triaje que siempre la relegaba a la sala de espera.

Hoy he decidido darle una nueva oportunidad a los escritos supervivientes: a aquellos que surgen de manera espontánea e imprevista y que, después, quedaban abandonados entre los escombros, bajo un nuevo formato que sirva, en continuidad con aquella experiencia pasada, para empezar de nuevo y, como siempre, para poder disfrutar de los comienzos.

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