Proyectar y hacer
Intento, mentalmente, construir el perfil de la vía propuesta. Ver cómo integraría las diferencias de cotas desde Porta Faxeira al Pazo de Raxoi y qué hubiese conservado y destruido del antiguo caserío y las rúas medievales, utilizando como referencia un plano turístico en una valla publicitaria. La calle se llena de vida con la gente que entra y sale de la comisaría y de la oficina de correos, y varias veces debo apartarme por las furgonetas que realizan las labores de carga y descarga en su horario habitual.
Antes de alcanzar la catedral decido refugiarme en el Jardín de Fonseca, uno de los espacios verdes que Palacios hubiese integrado en su «Calle Galicia». Allí, la arquitectura vegetal se vuelve protagonista, compitiendo con las torres pétreas, especialmente el gran ginkgo biloba que tiñe de amarillo la escena. Este longevo ejemplar, que perdió a su compañera hace unos años, es de los pocos supervivientes del Jardín Botánico de la Universidad que hubo en ese lugar, con más de mil especies diferentes.
Ahora son miles de palabras grabadas en granito las que habitan el «Xardín das pedras que falan», una iniciativa del escritor Suso de Toro dirigida por el poeta Claudio Rodríguez Fer y diseñada por Pepe Barro y Olivia Fernández. Partiendo de un verso de Rosalía de Castro, fragmentos literarios en varias lenguas van conformando una espiral infinita... «Le long de la ligne de cœur un gisement d’infini» (Zéno Bianu).
Antes de abandonar el jardín, me detengo a observar el dintel de la puerta de acceso. Allí aparece escrito: «Se proyectó e hizo este jardín en el Rectorado del Sr. Dr. D. Juan José Viñas». «Se proyectó» aparece en cursiva, porque es diferente del «hizo». Podrían haber indicado solo una de las acciones, pero quisieron recordar las dos a quien visite el lugar, porque ambas son valiosas y necesarias: el pensar y el materializar, el proponer y el concluir, el proyectar y el hacer.
Paralelo Guernica
Como si fueran lugares de confluencia temporal, en determinadas ocasiones vivimos momentos con nuestros hijos muy parecidos a los transcurridos con nuestros padres. Hace poco experimenté uno de esos episodios, cuando acompañé a los más jóvenes de la familia al Museo Reina Sofía a ver, por primera vez, el Guernica, aunque esta vez la obra se encontraba en un espacio completamente diferente a dónde yo lo había visto siendo un niño.
Desde aquella ocasión he tenido la oportunidad de contemplar el cuadro de Picasso en varios emplazamientos diferentes, aunque ninguno resultó tan impactante como descubrirlo en el Casón del Buen Retiro. Recuerdo la enorme urna de vidrio, una imagen que se quedó grabada incluso más que la pintura que protegía. Tardé varias décadas en conocer quién había sido el autor de aquel cofre tan singular, casi al tiempo en que volvía a visitarlo ya ubicado en el Reina Sofía.
Los encuentros posteriores, aún siendo más recientes, se diluyen tenues en la memoria. En alguna ocasión la sala estaba prácticamente vacía, en otras, como la última vez, se encontraba llena de gente y resultaba complicado observar la obra. Desde una esquina comenzamos a percibir los detalles, fácilmente asimilables cuando los horrores de la guerra volvían a ocupar los titulares.
La visita al museo coincidió con la lectura de «Obra maestra», de Juan Tallón, por lo que quise acercarme a ver de nuevo «Equal-Parallel: Guernica-Bengasi», la escultura de Richard Serra protagonista de la novela y expuesta en la sala 102. Frente a la aglomeración de la del Guernica, esta se hallaba prácticamente vacía, y pudimos caminar en solitario entre los cuatro bloques de acero corten. Alguien dijo que parecían cofres, desvelando un nuevo paralelismo entre este recorrido y aquel recuerdo recuperado del Casón del Buen Retiro.
La sonrisa
La sala de escultura
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| Thomas Struth: Pergamon Museum IV, Berlin |
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| Fernando Maquieira: Nocturna |






