sábado, 17 de octubre de 2020

Una Escuela en la Historia


«Una idea. Resistente. Muy contagiosa.
Una vez que una idea se ha apoderado del cerebro es casi imposible erradicarla.
Una idea totalmente formada y entendida se queda ahí aferrada.»

Dominic Cobb, en Origen (Christopher Nolan, 2010)

El segundo texto que recupero enlaza con el anterior, compartiendo el origen en la documentación del concurso-oposición para una plaza de profesor, y sirviendo de introducción al proyecto de investigación propuesto, un estudio de los proyectos para la sede de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Coruña y de los distintos referentes proyectuales que se perciben al analizar pormenorizadamente esas propuestas.

La Escuela Técnica Superior de Arquitectura de A Coruña se creó en el año 1973. Cuatro décadas después, en su salón de grados, obtuve el título de doctor con la tesis «La recuperación de la modernidad en la arquitectura gallega», una investigación dirigida por José Ramón Alonso Pereira que daba continuidad a una línea de tesis doctorales destinada a explicar el desarrollo de la arquitectura moderna en Galicia a lo largo del siglo XX, iniciada por Fernando Agrasar Quiroga con la herencia del Movimiento Moderno en la Galicia de los años treinta y llevada después, por Miguel Abelleira Doldán, hasta los años de la autarquía.

Una de las conclusiones de mi investigación afirmaba que el año 1973 había supuesto la consolidación del proceso de recuperación de la modernidad en la región, ratificándose con dos hechos colectivos fundamentales: la creación del Colegio de Arquitectos de Galicia —que daba forma institucional a las ideas que se habían gestado en los años previos—, y la creación de la Escuela de Arquitectura en A Coruña, la cual permitió organizar y articular el debate arquitectónico mediante un proyecto académico transmisible hacia el futuro a través de sucesivas generaciones de profesores y alumnos.

La última parte de la tesis se dedicaba a analizar la concepción arquitectónica de la Escuela, desde su origen en las gestiones realizadas por la Fundación Pedro Barrié de la Maza hasta su materialización final, estudiando las sucesivas versiones propuestas por los arquitectos Juan Castañón Fariña, José María Laguna Martínez y Rodolfo Ucha Donate, así como la posible influencia del equipo asesor estadounidense contratado por la Fundación, conformado por John McLeod y Raymond Caravaty. 

Aunque en la tesis esa evolución quedó como algo secundario, enseguida surgió la oportunidad de desarrollarlo —gracias de nuevo a José Ramón Alonso—, como un tema específico, a raíz de la comunicación que presentamos al X Seminario DoCoMoMo Brasil, organizado en Curitiba en octubre de 2013 bajo el título de Conexiones Brutalistas 1955-1975. Este trabajo permitió iniciar una investigación más exhaustiva sobre los autores, el proyecto y sus influencias, que se expuso en varias conferencias y congresos posteriores. 

Durante esa puesta en común quedó patente el carácter didáctico del edificio y de sus referentes proyectuales, y las sugerencias recibidas me llevaron a plantear un proyecto de investigación que pudiera servir para explicar una parte de la arquitectura del siglo veinte usando la Escuela como punto de partida, a modo de homenaje cuando está cerca de cumplirse medio siglo desde su creación, y demostrando así que un edificio denostado por la comunidad académica —recuerdo que fue de las primeras cosas que varios profesores comentaban a los recién llegados al centro— también puede valer para aprender y enseñar arquitectura. 



martes, 13 de octubre de 2020

Primer contacto


 «Pero ahora no estoy tan segura de creer en principios y finales. Hay días que definen nuestra historia más allá de nuestra vida, como el día en que ellos llegaron.»
Louise Banks, en La llegada (Denis Villeneuve, 2016)

sábado, 9 de mayo de 2020

Lejos de las librerías


Resulta extraño el transcurrir de las semanas lejos de las librerías. Detenerse ante sus escaparates y recorrer curioso su interior descubriendo las novedades y aquellos títulos ya conocidos que permanecen en exposición, demandando otra oportunidad. Perderse sin rumbo entre secciones, portadas y conversaciones y volver a casa más dichoso, acompañado del deseo de regresar pronto.

En 2013, el 41.º Premio Anagrama de Ensayo, se concedió a Librerías, de Jorge Carrión. Ese mismo año, la revista El País Semanal publicó un reportaje sobre las mejores librerías del mundo que se abría con su «Elogio a las librerías con historia». En él podía leerse: «Las buenas librerías son preguntas sin respuesta. Son lugares que te provocan intelectualmente, que cifran enigmas, que te sorprenden y te plantean retos, que te hipnotizan con esa melodía —o cacofonía— que crean la luz y sus sombras, los anaqueles, las escaleras, las portadas, la puerta al abrirse, un paraguas que se cierra, movimientos de cabeza que dicen hola o adiós, la gente en movimiento». Pocos autores han sabido reflejar como él la importancia y el interés de estos lugares. En su libro más reciente, Contra Amazon, sigue demostrando ese amor por las librerías —junto a las bibliotecas—, como escenarios fundamentales de nuestra educación sentimental.

Como él, me he descubierto a mí mismo persiguiendo librerías en mis viajes y situándolas a la altura de los grandes monumentos. Cada nueva ciudad suponía también revelar esos lugares, indagando primero a través de las recomendaciones de otros visitantes, buscando el consejo y la sabiduría de los que comparten esa fascinación, trazando la lista —posiblemente interminable— de mis librerías favoritas, muchas de ellas incluidas por el significado meramente personal más allá de su catálogo, belleza o categoría. Así, me resulta imposible recordar Roma sin la grandeza del local de IBS en la Vía Nazionale, —auténtico palacio de los libros—, o la Strand de Nueva York, igualmente impresionante aunque sin la monumental presencia barroca del caso italiano.

Son grandes locales que permanecen en la memoria, con usos diversos más allá de la compra de libros, como las distintas sedes de La Central en Barcelona y Madrid, junto a pequeños recintos inesperados como aquella librería en Londres próxima a Leicester Square que sirvió de agradable refugio en una lluviosa tarde de primavera y que, por mucho que lo he intentado, no he vuelto a localizar. Mis librerías tejen esa historia vital de momentos y anécdotas. En una villa al sur de Portugal, preguntaba por alguna cercana y me dijeron que, si apreciaba las librerías, tenía que visitar Centésima Página, en Braga, al norte del país. No tardé en hacerlo, descubriendo otro lugar mágico donde la ciudad y los libros se funden de una manera magistral. Lo mismo sucede en la acogedora librería Arquivo, en Leiria y, cuando vuelvo a Oporto, evito la escenografía masificada de Lello e Irmão —que prefiero en el recuerdo de hace décadas— y me retiro al ambiente íntimo de Circo de Ideias. Hace un año, visité por primera vez Las Palmas de Gran Canaria y allí me recomendaron la librería Canaima, permaneciendo como una de las mejores experiencias de aquel viaje.

Son recuerdos cercanos que durante estos días extraños se antojan tan lejanos. La última tarde antes de encerrarnos en casa, estuve en una librería, ignorando la distancia que nos separaría del próximo encuentro. Ahora espero regresar pronto, tanto a las más próximas como a aquellas que todavía no conozco.





domingo, 12 de abril de 2020

Fuera del aula


El pasado 12 de marzo se terminaron las clases presenciales de este curso. Hoy, un mes después, permanecemos en nuestras casas confinados y la docencia se ha trasladado a un sistema no presencial que nos acompañará hasta la finalización del curso. 

En los últimos años participé en varios trabajos de investigación sobre el aula como espacio de aprendizaje. En ellos, analizábamos las múltiples relaciones entre las metodologías docentes y las estancias donde tenían lugar, reflexionando de manera colectiva sobre las distintas salas que usamos cotidianamente para dar clase y que ahora, de la noche a la mañana, hemos dejado de utilizar, de pensar y de sentir.

También reconocíamos el valor excepcional de lo que sucedía fuera del aula, de la capacidad de descubrir y despertar al aprendizaje al movernos al exterior, de los viajes inesperados y de las visitas guiadas, que tanto valoramos en nuestra formación y que, lamentablemente, este curso no llegamos a realizar.

Lo imprevisto se ha vuelto ahora nuestra obligada realidad cotidiana. Fuera del aula y dentro de casa he vuelto a pensar en la importancia de estar entre paredes: para aprender y para protegernos. Pero no es posible leer esas dos situaciones en continuidad inmediata. Varias personas ya lo han advertido estos días: no podemos actuar como si lo extraordinario fuera lo habitual, sin abrir ventanas hacia la dramática realidad inmediata, como si solamente vernos —a veces tan solo escucharnos o leernos— a través de un dispositivo electrónico pudiera reemplazar a la grandeza y utilidad de una clase en todas sus dimensiones y relaciones: formales, sociales y académicas.

Curiosamente, una de las últimas personas que pude conocer en una clase presencial antes del confinamiento fue al profesor Fernando Trujillo, de la Universidad de Granada. Entre las abundantes notas que tomé durante su seminario, me encontré con una remarcada: «Si la universidad no toma el control de su futuro, otros lo harán por ella». Lo insólito e imprevisto de la situación actual me ha llevado de nuevo a buscar esa sentencia, al recordar la inevitable «naturalidad» con la que hemos pasado a la teleformación universitaria.

Estos días he seguido leyendo atentamente las oportunas y precisas reflexiones de Fernando. Junto a ellas, ha habido otras voces que valoraron la implicación y el esfuerzo de docentes y alumnado, y nos recordaron las dificultades y las indeterminaciones que juntos intentaremos vencer. «Separados, pero no solos», como recordaba el New York Times el pasado 26 de marzo, en este nuevo modo de aprender fuera del aula.

Fotografía: Daniel Chekalov 
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